lunes 29 de diciembre de 2008
lunes 8 de diciembre de 2008
Con Egipto en la piel
Respiraba profundo. Sentada ante el mejor escenario que sus ojos nunca hubiesen admirado, postrada ante el colosal rostro de un faraón milenario era como si el ruido de la moderna Luxor quedase excluido de aquel templo.
El esqueleto de aquel templo, bañado bajo la tenue luz de los focos, era el reflejo de lo que había sido la antigua ciudad de Tebas. La majestuosidad aún reinaba en aquel espacio y el rostro en los colosos de Ramsés II transmitía la serenidad de todo un monarca. Contemplar aquella escena, encontrarse cara a cara con el gran faraón era una de las experiencias más maravillosas de su corta vida. Aunque diminuta ante los colosos, se sentía inmensa, como la noche estrellada que se extendía ahora sobre el templo. Sin prohibiciones como sucedería en la mejor época de la edificación, ella podría recorrer los pasillos del templo, contemplar los pilares y perderse en su diámetro. Sus ojos, siempre inquietos por captar cada detalle de una cultura aún viva en millones de corazones, admirarían las escrituras sagradas, los mensajes indescifrables para los miles de extraños que visitaban cada día las ruinas del templo. Para ella, la experiencia sería diferente.
El estudio de las culturas antiguas siempre había despertado su interés, pero había sido la historia del Antiguo Egipto la que la había cautivado. Su forma de vida, sus avances impensables para la antigüedad que tenían, su sabiduría y entendimiento de la vida con leyes que superaban a las modernas en muchos aspectos. La egipcia era una cultura apasionante, pero lo más importante era sentirla en su propia piel.
Con el semblante del faraón otorgando su paso al interior del recinto, sus pies avanzaron hasta alcanzar el pasillo de columnas. Su mirada se perdía en la oscuridad de la noche siguiendo los innumerables símbolos y jeroglíficos que decoraban aquellos cuerpos cilíndricos. Sus manos temblorosas agarraban con fuerza la mochila que se había colgado sobre el pecho, para evitar perderse en un túnel del tiempo, aunque realmente era lo que más deseaba en aquel momento, vivir los buenos tiempos del templo de Luxor y conocer su día a día. Sin duda, Ramsés II había sabido culminar con eficacia y grandeza la obra iniciada por sus antecesores en el trono. La sala de las columnatas era un festín de los dioses antiguos donde Mut y Amón encabezaban en una secuencia la fiesta de Opet, obra de Tuthankamón.
Pasear por las salas del templo de Luxor era como ojear la historia del Antiguo Egipto, conocer a los mayores reyes del Imperio Nuevo y sentirse partícipe de sus obras. Pero lo más emocionante estaba por llegar. A mitad del recorrido, una sala lateral la invitada a acceder a los antiguos jardines del templo, donde los sacerdotes y los monarcas accedían para realizar los acciones sagradas. Allí aún perduraba el lago que tantas ofrendas había albergado en sus aguas y el escarabajo pelotero, el que aún hoy representa la superación personal para los egipcios. Ver todo aquello e imaginarse su aspecto festivo, lleno de vida y de color en las frías piedras que ahora se mantenían en pie, era un sentimiento inexplicable para ella.
Su admiración crecía con cada paso que daba en el suelo sagrado de Luxor. Ante el desfile de imágenes y figuras, en su interior recordaba cada significado, comprendía cada cartucho que las piedras protegían, todos los años de estudio se desperezaban al ver la historia tan cerca. Hasta que llegó a él. Era el esquema de la fachada principal del templo, la imagen que Ramsés II quería en su aportación al templo.
Como si se tratara del plano de un arquitecto del mejor gabinete, los antiguos egipcios habían sellado en la roca la imagen del templo más importante para la celebración del Año Nuevo. Las instrucciones del faraón a sus obreros y súbditos para honrar a los dioses. Y sin apenas darse cuenta, sus manos soltaron la bandolera que colgaba en su hombro y temblorosas, como las manos de un anciano acariciando el rostro de un familiar al que no ve desde hace años, las yemas de sus dedos se acercaron al plano. Sentía la necesidad de acariciar el perfil de aquel dibujo, sentir la fuerza que transmitía, pues era el primer retrato del templo de la antigua Tebas. Y lo sintió. Los trazos labrados hacía más de tres mil año se tatuaron en su piel, como dibujando una línea invisible para los ojos, pero profunda al tacto.
El Antiguo Egipto pedía permiso para entrar en su piel, como antes ella misma se lo había pedido a los colosos del faraón. Ahora el templo también se asentaba en su alma y con él, todos los reyes y reinas que habían aportado su personalidad en su construcción estarían con ella.
A la salida del templo el ruido de la ciudad rompía lo sagrado del lugar. El bullicio turístico contaminaba un ambiente que ya posaba tranquilo en el fondo de su corazón.
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Etiquetas: Egipto
Parón literario
Hay veces que los sueños se hacen realidad. En mi caso, el 2008 ha llegado cargado de emociones e ilusiones cumplidas, resultado todas ellas de un gran esfuerzo personal y profesional. El nacimiento de mi primer libro es uno de ellos. El objetivo de este blog siempre ha sido el dar rienda suelta a mis historias, las que se crean y conviven en mi cabeza, pero esta vez hago una excepción porque creo que la ocasión así lo merece.
Idioma Sportinguista es el título que le he dado al que acerca ahora al público el trabajo realizado desde el gabinete de comunicación del Real Sporting de Gijón. Reflejo de lo que fue mi tesis fin de carrera, presentada en junio del 2006 en el Universidad de Wolverhampton (Inglaterra). Ahora llega al público con su publicación a través de Ediciones La Cruz de Grado que ha apostado por este trabajo que recoge además una pequeña reseña de la historia del Real Sporting de Gijón y la relación que la entidad rojiblanca mantiene con sus aficionados y con la sociedad. Además, en este año 2008 sería irracional publicar un libro sobre el Real Sporting de Gijón y no hablar de su reciente ascenso a Primera División y del centenario del estadio El Molinón, por ello es que Idioma Sportinguista incluye dos capítulos dedicados a ambos temas, modificando así el texto original de la tesina fin de carrera.
El libro sale ahora a la luz, dos años después de su presentación en la universidad, tras haber pertenecido un año entero a dicha institución académica por ser una de las tesis con mayor calificación conseguida en la promoción 2001-2006 de Media&Communication Studies. Al presentar el texto en inglés, he tenido que traducirlo con el fin de lanzarlo en el mercado español y presentarlo al Real Sporting el febrero pasado, para obtener su aprobación. Todos estos pasos han sido los que han influido en el retraso de la presentación de este libro que llega en unas fechas indicadas: con el Sporting en Primera División y ocupando los puestos de tranquilidad.
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Etiquetas: Real Sporting de Gijón
viernes 17 de octubre de 2008
Mesa para 2
Habían pasado muchos años. El tiempo había forjado unos recuerdos en la memoria de ambos, aunque ninguno de los dos quisiera acordarse de aquellos seis años. Tormentas y penumbras habían acechado cada esperanza que florecía en la última etapa de la relación, y todo el jardín de flores que había nacido de los primeros años fueron marchitándose, deshojando sus pétalos con la dureza que implica tantos momentos compartidos.
En el interior de él no latía nada por el amor vivido, en el de ella la espina de una rosa se había clavado, como testigo de un pasado que roía en el presente, cada noche, cuando el manto de la oscuridad tienta a pasear por el interior de uno mismo. Hace quince años no se podía imaginar que algo tan bonito tuviera un final, que a sus 40 años recién cumplidos iba a verse tal y como una quinceañera, soñando con un amor idealizado que cada noche la ayudase a conciliar el sueño. Pero su espina se hundía provocando un resquemor que se expandía por todo el cuerpo, como la maleza cuando come la sabia en los rosales. Un sentimiento que aún la recorría.
Pero aquella espina supo también transmitirle su dureza con la que fabricó su caparazón. Ahora ya era tarde para dar marcha atrás a las decisiones tomadas y recuperar los años oculta bajo su caparazón. Su profesión la había salvado.
Siempre convencida de lo que quería, había logrado finalizar su carrera y asegurarse un puesto de trabajo en una de las mejores compañías aéreas. Pocas eran las mujeres que aún en el siglo XXI se interesaban por ocupar una profesión vista todavía como modelo masculino. Le encantaba tomar los mandos de su vuelo personal y profesional, ser ella la única que guiase su futuro, como si el destino dependiera de ella misma, de sus deseos y razonamientos. Un destino que aún le jugaba malas pasadas recordando un rostro y unas caricias caducadas. Por eso, por parar los motores de su imaginación aquel otoño decidió embarcar e ir a donde ningún vuelo la había llevado antes.
Egipto. La tierra de los grandes faraones, y la primera gran civilización humana la esperaba con todo su resplandor y las huellas de ese pasado repleto de historias y leyendas. Siempre le había dicho, que rodeada de los grandes misterios y huellas del Antiguo Egipto se curaban todos los males del pasado. El presente se unía a un pasado remoto sin pasar por la infancia o juventud de uno mismo. Era como si las aguas del Nilo curasen las viejas heridas, la carne se regenerase y, al igual que Osiris, se volviera a nacer. Puede que fuese eso lo que necesitase. Zanjar por siempre sus heridas, aquellas que no había cuidado con mimo en su juventud y ahora se resentían.
Nunca antes había navegado, así que las aguas del Nilo serían las anclas en las que anclase su estado sentimental. Todo paisaje desprendía energía, magia, complicidad y serenidad. Egipto era una tierra rica en sabiduría, aunque pobre en recursos. Al desierto no le hacían falta más juncos que naciesen en sus costados, ninguna edificación manchaba su majestuosidad, excepto aquellas levantadas siglos atrás que reforzaban el significado de aquellas tierras. Y sus ojos, ventanas para aquel paisaje, absorbían cada detalle.
Ante el escenario antiguo del viejo imperio, la decoración del barco la trasladaba a una época más reciente, aunque igualmente pasada. Más que en los tiempos de hoy, los salones y camarotes parecían haber salido de la década de los años veinte. Una gran escalinata iluminada por una grandiosa lámpara de pequeños cristales bañaba de luz el hall por donde desfilaban los pasajeros antes de entrar al comedor. Era inevitable recordar la escena de Titanic, cuando Rose aparecía en lo alto de la escalera con su vestido burdeos. Pero aquello no era el Titanic, ni ella llevaba un vestido burdeos ni ningún Jack la esperaba en el último escalón.
El reloj marcó las diez. Era la hora de la cena. Entró al comedor y un atento camarero la guió hasta una pequeña mesa redonda. Vestía un largo faldón blanco con remates en rojo y negro. La vajilla lucía un membrete dorado en el canto y por el cristal de las copas se deslizaba un hilo del dorado también que acababa en una lazada labrada en el cristal. A su derecha, una servilleta roja perfectamente colocada simulaba un cisne sobre el lago blanco del mantel. En la silla de enfrente, vacía, pronto apareció la cara de aquel joven, su imaginación volvía a volar.
- Dicen que el destino siempre se acaba cumpliendo y en Egipto creen en el destino.
Su voz no había cambiado, su rostro reflejaba el paso de los años, pero en su mirada se conservaba el brillo de la juventud, el destello que producen las esperanzas y valentía por adentrarse en el mundo por cualquier puerta. Él estaba allí, la mesa era para los dos, como en su juventud, sin haberlo planeado. No sabía el significado de aquella coincidencia, por qué el destino era tan caprichoso con ella devolviéndole el pasado
Allí sentados, frente a frente, descubrió que el rostro que su imaginación recreaba cada noche, tan sólo era la careta de una persona a la que no conocía. En todos aquellos años, le había idealizado como el hombre ideal, el que ella quería que fuese, pero lejos de esos deseos, él conservaba sus miradas despistadas, su ansia por alcanzar más, su interés por ser quien no es. Sin dejar que su cerebro reaccionase ante lo que estaba sucediendo, una fuerza interior la levantó de la silla, la guió hasta su camarote y borró a su compañero de sueños. El destino sólo se lo había devuelto para curarle su herida. Ya nunca más habría mesa para los dos.
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Etiquetas: Retales
domingo 12 de octubre de 2008
Donde duermen los recuerdos
Me acuerdo perfectamente de cómo era aquella caja. Colocada siempre mirando al occidente, donde la ventana abría paso al murmullo del mar con el que se inundaba la habitación de Gloria. El reflejo del sol brillaba en el salpicado de nácares y marfiles que decoraban su tapa. Miles de colores y brillos se desprendían desde un fondo de ébano que mantenía viva la edad de las tallas en sus costados.
Los motivos florales que lucían parecían bailar con las líneas marcadas por la naturaleza en los trozos de madera; colocadas como si también ellas hubiesen sido producto de los antojos de la tierra. Sin duda era una caja especial tanto por el significado que Gloria le había dado como por su antigüedad. Recuerdo cómo Gloria soñaba cada vez que relataba la historia de aquella caja.
Su abuelo, un marinero amante de las leyendas y aventuras con las que los libros alimentaban sus largas horas de soledad en la mar, había iniciado una expedición en el interior de África financiada por el gobierno francés. Su excelente trayectoria surcando los mares había motivado aquella expedición en una tierra árida donde seguían saliendo tesoros de dinastías milenarias. Eran las tierras nubias, próximas a Egipto. Y allí, bajo un sol abrasador con los ojos tristes por bañarse de dunas de arena y sequía un palacio camuflado en las montañas abría su cámara de los tesoros para su abuelo. Desde el primer momento en el que vio la caja, el abuelo de Gloria se enamoró de ella y como agradecimiento por el trabajo realizado, el gobierno francés le obsequió con una gran cantidad de dinero que sirvió para mantener a la familia más de una década y con la pequeña caja de ébano. Los estudiosos de arte africano decían que el valor de aquel objeto era mínimo y tampoco le encontraban una utilidad relevante en el pasado como para etiquetarla junto con las otras reliquias encontradas. El destino había unido a un marinero con un tesoro del desierto.
De todo aquello hacía ya más de cien años, una edad a la que Gloria ya se acercaba. Sola en su casa, como siempre había estado, la caja de ébano le hacía más compañía que la camada de felinos que paseaban por los largos pasillos del piso de Gijón. Su vida había estado cargada de emocionante aventuras, como la de su abuelo, pero en ninguna de ellas había encontrado a la persona adecuada para compartir sus días y so no le importaba. Se sentía orgullosa de lo que había sido, de lo que era; de haber llegado hasta el fin de sus días tal y como había soñado, con muchos de sus deseos cumplidos y lo más importante, estaba orgullosa de haberlo conseguido sin haber nunca olvidado su pasado.
La caja de ébano que cada mañana se dejaba bañar por la brisa del mar y la luz del sol aguardaba en su interior todo lo que Gloria era. El olor tan especial que siempre había tenido le recordaba a los suyos, los motivos florales le llevaban hasta los rincones donde su destino la había llevado, la tapa de nácares y marfiles le ayudaban a recordar su villa marinera cuando se encontraba lejos de ella, ahora ya por motivos de salud que la obligaban a trasladarse por periodos al interior de su Asturias. Aquella caja que tan insignificante había resultado para los expertos en arte africano hacía años, era para ella toda su vida y sus experiencias. No importaba qué contenido se aguardaba entre las paredes de la caja, ni tampoco si estaba vacía porque nunca había sido así. Los recuerdos, aunque invisibles a la vista, habían cubierto el espacio de la caja, como lo hacen en la memoria humana. Aunque había veces que con su caja viajaba la nota que su abuelo le había escrito en su última salida a la mar, de la que nunca volvió. La caja, como su antecesor había dejado escrito, sería la alcoba de los recuerdos familiares, los que se cuentan a los extranjeros de la estirpe y los que quedan en las miradas de sus conocedores.
El amarillento trozo de papel guardaba las elegantes letras de su abuelo trazadas con la estilográfica que ahora descansaba en el despacho de Gloria. Aquello no sería como la caja de Pandora, ningún recuerdo se caería del interior de la caja y permanecería siempre ahí, pese a no saber qué sería de ella cuando Gloria faltase.
La brisa del mar entraba en la habitación y revoloteaba el ambiente. Fuera, se oían las risas de los niños que jugaban en el arenal de San Lorenzo y el murmullo de los paseantes del Muro. De la caja se desprendían brillos y luces de colores que despertaban otro recuerdo en la vieja memoria de Gloria. Sus juegos en la playa, el rugir de las olas bajo la voz de su abuelo contando historias de la mar, los dulces de su abuela para las meriendas y la caja presente, captando todo lo que ahora contenía. Ella sería la única que permanecería.
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jueves 18 de septiembre de 2008
Renacer
'Hemos vivido tanto y hemos disfrutado tan poco.'
Aquella frase era recuerdo que tenía de su abuela en cada despertar. Después de veinte años de su muerte, parecía que cada mañana regresaba para achucharla entre las sábanas después de correr la cortina entre risas y canciones de su tierra, pronunciadas en palabras incomprensibles para su oído, pero dulces y encantadoras para su espíritu. Cada mañana suponía para ella un nuevo renacer. Qué curiosidad. Era justo lo que su abuela siempre le explicaba como la razón del vivir día a día.
El alma egipcia era tan diferente a la occidental que sólo se dejaban ver íntima cuando su alma se presentaba desnuda, sin miedos ni vergüenzas. El recuerdo de su abuela cada mañana era lo único que ahora le quedaba de una parte de sus raíces mientras la otra se imponía cada día más. Era la reencarnación de la historia del mundo, donde el occidente se superpone al oriente sin intentar ir de la mano. Pero no era así realmente, su destino había decidido que ella creciera en Europa, se educara como una occidental, pensara como tal pero amara y sintiese como una egipcia, y eso es lo que el alma transmite.
Su larga y rizosa negra cabellera bailaba con el viento que se colaba por su ventana, ¿o era el alma de su abuela que aún revoloteaba en su habitación? Aunque ya no estaba a su lado, nunca había dejado de sentir la fuerza que la presencia de su abuela le daba, la confianza en si misma, las ganas de vivir, de sonreir mientras saludaba por la calle a amigos y a desconocidos. Era ese sentir el que le venía de dentro del pecho cada vez que incómodas situaciones la conducían a asomarse al avismo. El cuerpo de su abuela se había ido, había cruzado el gran río, pero su alma aún la guiaba.
Aquellas ganas de vivir, aquel intento por disfrutar cada segundo vivido era su meta en la vida. No quería volver a arrepentirse por algo que no había hecho, no era justo verse a si misma por debajo de posibilidades ni castigarse a lamentos por un deseo incumplido por cobardía o timidez. Su abuela aún le seguía transmitiendo esos sentimientos. Ella descendía de una tierra donde las mujeres eran fuertes de corazón y valía, y donde los hombres las admiraban como madres de vida, como seres dignos de amar y cuidar, pero también como personas a las que respetar por su sabiduría.
Siempre había pensado que su abuela era un retal del futuro colocado en una época equivocada por alguna mano torpe de la creación. La fe en algo imposible de comprobar, eso también lo había heredado de su abuela al igual que sus ojos negros.
Como dos pozos que aguardan en silencio los diamantes más preciados, los ojos de la joven se abrían en su rostro como dos guiños del corazón. Sus párpados, perfectamente delineados en su cara, protegían los enormes iris negros donde brillaban dos estrellas. Apenas necesitaban retocarlos con maquillaje para que cualqueira se quedara prendado de su mirada, pero desde la ida de su abuela le gustaba pintárselos como ella le había enseñado.
En el tocador de su dormitorio, descansaba el pequeño pincel humedecido por el khrol. Las pinturas para resaltar los ojos y la máscara para las pestañas, colocados con cuidado para mantener vivo el recuerdo de su abuela, tal y como ella los ordenaba. Todos ellos eran sus más fieles aliados para lucir una mirada digna de una reina. Le gustaba cuando alguno de sus amigos la llamaban reina mora, porque veía que con ello sonreía su corazón o su alma o ambos a la vez. Sus amiggos fueron los primeros en notar el cambio en su personalidad tras el fallecimiento de su abuela, su fortalecimiento interno y su madurez como mujer adulta. Y también fueron ellos sus pilares para indagar en sus raíces y experimentar todo aquello que tomaba vida en los relatos que su abuela le contaba de niña antes de dormir. Mes a mes, su vida y su casa se aproximaban al Egipto desconocido, al que los ojos turistas se niegan a ver. Ella era la esencia de oriente entre los suyos y la mujer fuerte ante la sociedad.
Vivir y disfrutar de lo vivido. Nunca se borraría aquella frase de su cabeza ni la dejaría ninguna mañana, cuandno lo hiciera, sabría que entonces ella volvía a estar con su abuela al otro lado del río. Lo tenía todo para conseguirlo: un familia adorable, unos amigos fieles, un futuro prometedor y había descubierto la última puerta para conocer su interior, la que la ayudaría a renacer cada día, el baile.
Dicen que a un pueblo se le conoce por su música y por sus bailes. Las personas somos como los pueblos. Tan iguales a simple vista y tan diferentes a la vez. El corazón, la llave que une el cuerpo y el alma marca el ritmo de nuestro sentir, es nuestra música. Su abuela siempre decía: 'cuando un ritmo te haga acariciar sentimientos nunca sentidos, la cuna de ese sonido es la cuna de tu alma'.
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sábado 23 de agosto de 2008
Hielo y pluma
Hacía tiempo que no dejaba constancia de su día a día en un papel. Su diario conservaba ahora las motas de polvo que se habían acumulado en sus tapas desde hacía años, los suficientes como para que los dedos de su mano no encontrasen la forma adecuada para abrazar la estilográfica. Con lo fácil que parecía años atrás, en los que la fina y cuidada punta de la pluma bailaba sobre el papel con la elegancia y delicadeza de los bailarines de patinaje sobre el hielo.
Escribir le recordaba las piruetas de Eva en sus años jóvenes, cuando competía en las pistas de hielo de toda Europa, incluso había conseguido participar en un torneo internacional celebrado en Rusia, entre las mejores. Ella estaba en ese nivel que se encuentra a caballo entre el sueño y la realidad. Y en la cabina de comentaristas, donde la realidad más humana, la más dura gobierna ante todo intento de utopía, se encontraba él. Nunca olvidaría el día que la conoció, ni pensar que estuvo a un segundo de renunciar aquella convocatoria para los juegos olímpicos de invierno celebrados en la cara este de Europa hacía ya más de cincuenta años.
Él, un joven periodista dedicado más a la crónica de sucesos que a otros menesteres periodísticos, metido en una competición deportiva de la que ni sabía el reglamento ni el nombre de ningún deportista de élite de aquella modalidad. De aquella no había vuelta atrás cuando en la redacción del periódico te destinaban un tema, y menos después de tener que hacerse hueco entre los mejores escritores de la época, pupilos de los más grandes cronistas que más adelante saltaron al mundo literario como grandes escritores de lengua hispanoamericana. Un becario tenía entonces que acotar las órdenes más interesantes y las más absurdas también. Si no entendías de un tema, la solución era fácil: infórmate de todo lo que puedas en el poco tiempo que tenías antes de enfrentarte a tu reportaje, crónica, crítica o noticia. Esa parte del pasado era la que menos había cambiado con respecto a la actualidad, aunque de aquella se careciera de herramientas tan útiles como Internet o el teléfono móvil. Las publicaciones pasadas, los libros especializados, el bloc de nota y a pluma eran los compañeros de viaje inseparables en el maletín de todo reportero.
Con ellos hizo el viaje de ida a su destino, a la Europa del este tan masacrada de desgracias que habían dejado su huella en todo rincón de los países afectados. Ver aquel escenario era aterrador, más cuando no realizabas el viaje para ayudar a solucionar el conflicto. Aún hoy, cincuenta años después de aquel viaje, él se seguía preguntando cuál había sido el motivo para llevar una competición deportiva a un escenario tan poco evolucionado por entonces tanto en arquitectura como en política y en valores humanos. El dinero, sin duda, ya sobresalía como principal poder social, como desde siglos atrás había hecho, diferenciando a unos de otros, partiendo la sociedad en clases distinguidas y provocando la indiferencia de los más poderosos por mejorar la situación de los menos favorecidos. Y entre aquel escenario, un elegante pabellón olímpico abría sus puertas a un país de ensueño recubierto por el color blanco, el símbolo de la pureza, de todo lo tranquilo, de la paz. La enorme pista de hielo calentaba el ambiente con su traje de vistosos anuncios de colores que ofrecían un festín luminoso a los ojos del espectador.
Su labor era escribir un artículo sobre la competición que durante tres días se desarrollaría en el pabellón olímpico de las ilusiones, como él mismo había decidido bautizar aquel sitio. Supuestamente en sus letras debía sobresalir la objetividad, pero dando también ese toque de opinión positiva hacia la participante de su país para que, entre frases engalanadas, el lector quedara convencido de la formación de su deportista. Aquella situación por sí sola ya hacía que él no viera con tan buenos ojos las coreografías puestas en escena por su compatriota y se fijara más en las representantes de otros países. Y allí, entre música y coreografías, palabras pronunciadas en todos los idiomas por sus colegas de profesión y puntuaciones extrañas, apareció ella.
Desde su posición, parecía que la joven no superaba los 16 años, aunque su edad ya se acercaba a los 19. Eva era la favorita, por sus anteriores triunfos conseguidos en numerosas competiciones internacionales. Ella era la mejor bailando sobre el hielo tanto sola como en pareja. Ella y la pista eran un ser único en cuanto la música comenzaba a sonar en el pabellón. Todo su cuerpo se movía al son de las notas musicales como si fuesen ellos los que en ese momento la estuvieran componiendo. No importaba si se trataba de música clásica con fuertes cambios de intensidad, como música moderna que requería movimientos más rápidos, mayor velocidad en pista y todo ello acompañado siempre por complicadas piruetas y movimientos. No podía realzar las coreografías de su compatriota de dejar por debajo de ella a Eva. Era la mejor, no hacía falta ser un experto en patinaje artístico para saberlo, por eso apostó por ella en sus crónicas. Apostó y ganó.
Para Eva era una competición más que sumaba a su carrera deportiva, otra medalla, otro trofeo como los demás; pero para él era el inicio de una nueva pasión. Sus artículos no habían gustado demasiado en la redacción de su periódico dadas las alabanzas que reflejaban de la competidora más fuerte del campeonato, pero las palabras del joven reportero no se equivocaban y celebraban ya la victoria anunciada de Eva. Lo cierto fue que desde aquel campeonato y su fascinación por aquella mujer y sus ejercicios sobre la pista le llevaron a él a ocupar un puesto en el área de deportes del periódico donde no tardó mucho en abandonar por su propia decisión. Eran muchos los diario que requerían de su presencia en sus redacciones y de revistas especializadas en patinaje. Realmente había hecho bien los deberes aquella vez interesándose por un deporte que cada día se hacía más fuerte.
Su experiencia en revistas especializadas de deportes de invierno cada vez le acercaban más a la joven y todo ello también servía para que su pluma bailara cada día con más soltura sobre el papel cuando escribía de Eva. Tanto fue así que pronto sus colegas le comenzaron a llamar el plumilla de la campeona, y ella se interesaría por conocerle tarde o temprano.
Fue un jueves, 28 de agosto, cuando le llegó una cita para verse con Eva en el gran hotel Reigton, donde se hospedaba la joven. Una revista de gran tirada había publicado unos días atrás un artículo en el que repasaba la historia de Eva con gran fidelidad y elegancia en su estilo. El artículo había sido la llave para despertar el interés de la deportista por conocer al reportero que la seguía a todos lados. Eran muy parecidos, muy similares, casi gotas gemelas cada uno en su profesión. Ella se comunicaba con el hielo como si fueran sus pies los que hacían que éste se presentara a su antojo, y él hacía lo mismo con la pluma, parecían extensiones de sus cuerpos. Puede que aquella coincidencia funcionase como el imán de sentimientos entre ambos, una tormenta que estalló en todos los medios. Reina del hielo y periodista aficionado se enamoran, por fin él entraba en el mundo entre sueño y realidad.
Desde aquel encuentro en el Reigton, él había trazado hermosos versos con su estilográfica para ella, una carta por cada jueves de la semana. Ella le inspiraba al escribir y las cartas que ella recibía de él alimentaban su imaginación para crear coreografías, más técnicas, más complejas, y también más románticas. Él se había convertido en su periodista más especializado, en su manager, en su biógrafo, formaba parte de su vida; siempre, desde aquella cita, había sido así.
Cincuenta años atrás. Echar la vista atrás era fácil. Cerrar los ojos y ver de nuevo aquel pabellón mágico que acogería los bailes de Eva, recordar sus ensayos, emocionarse con cada una de sus vueltas, de sus coreografías una y otra vez, entrar en ese mundo de ensueño que se rompía al abrir los ojos y verla postrada en una cama, casi inconsciente, inmóvil, como sin vida. Sus patines se había oxidado al igual que la pluma estilográfica del que había sido un día el joven periodista que viajó a Europa del este. Hacía tiempo que los cuidados a Eva le obligaban a no atender otro tipo de detalles como la carta de los jueves, a escribir su diario o a ver crecer a sus nietos.
Se acercaba un jueves mágico, el del 28 de agosto y a cinco días de la fecha indicada su pluma seguía sin vida, su mano temblaba al tocarla y sus dedos no se encontraban cómodos al abrazarla. Su arte se moría con su amor.
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